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UN MODELITO QUE SALIÓ CARO

Updated: Apr 29, 2020

Hola amigos de la red, antes de todo quería disculparme por haberos abandonado durante mucho mucho tiempo... No era mi intención, pero es cierto que estaba esperando a que ocurriera algo grandioso para poder contároslo, algo que me dejara con los ojos abiertos durante horas, algo ALUCIFLIPANTE.


Era miércoles por la tarde, Pilar llevaba toda la semana insistiendo en pagar 40$ para ir a una fiesta en barco por el río Hudson. A mí al principio no me hizo mucha gracia, me pareció un poco caro además de que no soporto los barcos. Ese mareo constante, esas nauseas que vienen y van, es algo que nunca me ha llamado la atención.


En mi casa siempre ha habido dos bandos, los amantes de los cruceros y los que no van ni aunque les paguen, esos somos mi padre y yo. No se que os parecerá a vosotros los cruceros pero a mi me parecen una pérdida de tiempo en donde es imposible pasártelo bien. Vale si, comes en restaurantes, bailas por las noches, tomas el sol en la piscina, bebes mojitos con tus padres... pero todo eso lo haces encima de un inmenso y profundo océano lleno de criaturas marinas, uf que miedo solo de pensarlo.


A lo que iba, había tenido toda la semana para pensar que hacer, horas y horas de tiempo para inventar una excusa para no ir o crear un dolor repentino que aparecería un par de días antes de la aclamada "boat party". Solo por el simple hecho de no subirme a esa fiesta flotante.


Pero después de darle vueltas y vueltas, algo cambio en mí. Algo me hizo darme cuenta de lo que mi cuerpo y mente estaban rechazando, una maravillosa fiesta en barco por Nueva York, a la luz de la noche, con música, deliciosos cócteles y con mis amigos. ¿Quién rechazaría eso?


Me metí en WhatsApp y le envié un mensaje a mi amiga; "Pilar, ¿cuando compramos la entrada?". Al día siguiente estábamos en un outlet de Tarrytown comprándonos nuestro conjunto para esa esperada y ansiada fiesta en barco.


Entramos a una tienda y arrasamos con todo. Cogimos tacones, vestidos apretados, tops con encaje, camisas, faldas, monos... Todo lo que nos gustaba lo arrancábamos de la percha sin ningún reparo.


Después de 30 minutos recorriendo cada esquina de la tienda, nos dirigimos a la cola del fitting-room, y esperamos para probarnos las montañas de ropa que llevábamos sobre nuestros brazos.


"¡Sal cuando te lo pruebes!", en menos de 5 minutos creamos una pasarela en el probador de esa tienda que desconocíamos. Todo iba a una velocidad de vértigo, modelito tras modelito fuimos dejando el suelo cubierto de todo tipo de ropa. Que si sí que si no, que si esto me queda fatal, que si no me cierra, que si esto me encanta pero no se si comprármelo...


Después de negociar, discutir y pelear con esa parte lógica del cerebro que nos decía que era demasiado caro, nos acabamos comprando nuestro ansiado modelito. Salimos de la pasarela para dirigirnos a la caja, solo faltaba pagar.


Sacar la tarjeta, meterla en la máquina esa, poner el pin y confirmado, la ropa sería nuestra. ¿Fácil verdad?, pues ese no fue nuestro caso. Esa energía que traíamos encima y esas ganas inmensas de comernos el mundo con nuestros tops y tacones nuevos cayeron en picado al darnos cuenta de que pagar no resultaría tan fácil como pensábamos.


Un par de tops con lunares y unos tacones negros en un total de 31,31 $ se convirtieron en un cobro de 313,1 $. Sí, una sola y puñetera coma nos había jodido enormemente. Le habían cobrado a Pilar más de 300 $ por dos trapos y unos tacones, un error de la dependienta que seguramente estaría pensando en la película que iba a ver la noche de Halloween, o alomejor que modelito iba a llevar en la fiesta del finde semana. Una gran putada.


¿Qué íbamos a hacer? Si hubiéramos seguido nuestra parte irracional nos habríamos vuelto locas, le habríamos arrancado todos y cada uno de los pelos de la cabeza, habríamos quemado la tienda y robado todo el dinero de las cajas, o mejor dicho recuperado. Pero no fue así, tuve que convertir toda esa rabia en una larga y extensa conversación que duró aproximadamente dos horas y media y en inglés, tó ca te.


Lo primero que hicieron fue cancelar la compra, pero el problema era que esos trescientos dólares no iban a reaparecer en la cuenta hasta una semana después. Así que fue en ese momento donde mi cabeza empezó a funcionar y me inventé que éramos turistas que nos quedábamos el finde semana y que necesitábamos ese dinero SI O SI en la cuenta ese mismo día. Que me daba igual como lo hicieran, que aunque no dependiera de ellos era su culpa y que lo iban a solucionar.


Durante todo este alboroto, tuve que hablar con un banco americano para explicarles nuestra situación, con trescientos dependientes más que lo único que hacían era tocar las narices, recibí mil papeles con recibos y confirmaciones de que el dinero iba a ser devuelto, conseguí el numero de la dependienta, tuve que enfadarme y incluso les obligué a regalarme la ropa.


Después de dos horas y media en las que la ropa y los modelitos habían quedado en quinto plano, lo único que conseguí fue descuentos en ambas compras, que no está nada mal. Pero el dinero se había esfumado y nuestras ganas de fiesta también.


Sí, una gran putada pero de la que saqué muchas cosas buenas; Hablé y practiqué inglés, conseguimos nuestros modelitos a pesar de todo y por último, me di cuenta de que puedo discutir en más de un idioma, ¡prepararos americanos que viene Belen!.



 
 
 

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 By Perfectly Imperfect.

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